Arquitectura y Peregrinación

PS1, Urban Beach, 2008-Work AC
Hace poco se publicaba un curioso dato estadístico: las personas pasan como promedio un año de su vida buscando cosas. No sé cuánto tiempo pase uno viajando, pero sin duda el viaje lleva implícito el deseo de búsqueda. La necesidad de explorar, la curiosidad por lo nuevo y la insaciabilidad –inherentes a la vida– se concretan tanto en el viaje como en el arte. El arte, y en particular la fotografía o el video, son la forma moderna de proporcionar experiencias de los sitios donde no estamos, aquéllos que no encontraríamos nunca. También la arquitectura contiene la capacidad para recrear mundos, para transportar y convertir ficciones en realidades. Experimentar un nuevo espacio es una forma de viajar, y esto lo han entendido bien tanto la industria del turismo como las instituciones, los políticos y los arquitectos. El efecto del Guggenheim de Bilbao ha convertido progresivamente a la arquitectura en pieza clave de atracción turística y éxito mediático. Desde las exposiciones mundiales de finales del siglo xvii a la actual Feria de Zaragoza, de la Barcelona Olímpica o su Forum de las Culturas al Pekín de hoy, de los Pabellones de la Bienal de Venecia a las construcciones del Snow Show finlandés o, en el peor de los casos, al Museo Nómada en el Zócalo de la ciudad de México, la lógica del evento ligada a la arquitectura aspira a capitalizar el deseo de búsqueda y la adicción al asombro.
La exitosa comercialización de la arquitectura convertida en espectáculo ha transformado al ser humano en cliente, en peregrino ansioso, o, como mínimo, en diletante potencial. Tanto, que cada vez es más necesario responder a un público cansado de los grandes eventos masivos y ofrecer escenarios alternos o vender aires de exclusividad. Arquitecturas efímeras como el pabellón estival de la Serpentine Gallery en Hyde Park en Londres, la instalación realizada cada verano en el patio del museo neoyorquino PS1, el montaje de The Gates de Christo y Jeanne-Claude en Central Park o las cascadas encendidas de Olafur Eliasson que invaden actualmente –de junio a octubre– el East River de Nueva York, mezclan sabiamente la nueva clientela cultural con la activación del espacio público. Con el énfasis puesto en el espectáculo y trastocando el paisaje cotidiano, estas acciones se mercadean como experiencias que sólo ocurren una vez en la vida. Con la arquitectura convertida en moda y la sacralización del espacio urbano en negocio rentable, las ciudades se disputan la atención del público. Los 15 millones de dólares invertidos en producir las cuatro cascadas de Eliasson se espera produzcan ganancias a la ciudad por 55 millones en ingresos por turismo, y ni qué decir del millón y medio de visitantes que atrajeron las estructuras color azafrán de The Gates durante dos semanas en febrero de 2005.
Como Naked Air –la primer compañía en ofrecer vuelos nudistas– o la aerolínea de bajo coste del Vaticano –creada para promover peregrinaciones a destinos religiosos–, la arquitectura también responde a la especialización de la industria del turismo. Personalizar la oferta y, al mismo tiempo, cubrir todos los nichos del mercado son los nuevos requisitos para la arquitectura. Nada mejor para ejemplificar esta contradicción en ambiciones que los proyectos inmediatos para Dubai o Abu Dhabi, en lo general, o en lo específico el Hotel Puerta de América en Madrid (donde un coctel de arquitectos del Star System: Jean Nouvel, Zaha Hadid, Norman Foster…, invitados a fabricar cada uno un trozo del edificio, intentan canjear el estigma de hotel comercial por la imagen de refinamiento y vanguardia). La arquitectura entendida como sinónimo de estrategia, el consumo de masas mercantilizado como exclusivo y el viaje exótico dotado del confort para sentirse como en casa trastocan la lógica habitual y exigen una actualización tanto de conceptos como de respuestas.
Si bien se dice del viaje que cada salida es una entrada a otro lugar, también tenía razón Séneca cuando aconsejó a su discípulo Lucilio en contra del viaje: “Para qué quieres viajar, irte tan lejos, si dondequiera que vayas siempre irás contigo mismo”. La máxima del filósofo romano encaja bien con buena parte de la arquitectura estelar de hoy, donde el ímpetu por convertirse en emblema instantáneo de una ciudad termina, paradójicamente, repitiéndose tanto que por más que uno viaje y busque, acaba con la impresión de encontrarse siempre nuevamente con el mismo edificio.
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[...] Revisando los artículos en su web me he topado con un artículo bastante interesante titulado “Arquitectura y Peregrinación” escrito por la arquitecta Fernanda Canales, que me hizo darme cuenta de que en Plataforma tenemos [...]
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