Pronósticos

Lanzhou, China, Philipp Ebeling, 2006.
Todos dicen que el año próximo será terrible. Es muy fácil en un contexto como el mexicano pronosticar una catástrofe para el arte contemporáneo. Ya una vez hubo un derrumbe durante los años noventa que culminó con el cierre del Centro Cultural Arte Contemporáneo de Televisa, que parecía ser indestructible. Yo me acuerdo de varios años en los que pasó muy poco porque ni las galerías ni los museos podían proponer nuevas opciones. Muchos de los artistas hoy fabulosamente exitosos internacionalmente se las vieron negras para continuar su azarosa actividad por la magnitud de la crisis económica y cultural de entonces. El tono de las discusiones entre críticos, curadores, etc. era de auténtica desesperación: no había manera de sacar al buey de la barranca.
Pero todo cambió y el arte nacional ha gozado de muchos beneficios desde hace aproximadamente ocho años. Debido a ciertas condiciones especiales se pudieron realizar obras y proyectos extraordinarios y mantener el interés del un público muy variado. Es posible, sin embargo, que la atención en el arte contemporáneo local disminuya paulatinamente, en particular porque el auge ha venido acompañado de una sobrevaloración de su capacidad de brindar estatus, prestigio, etc. Mucha gente lo toma simplemente como una oportunidad de convivencia.
Hoy muchas veces oímos discutir más apasionadamente de los precios que alcanzan las obras que de las obras mismas. Ni los curadores y críticos (que en teoría deben ser ajenos al mercado) se han sustraído a este tipo de deslumbramientos. Hay gente que no distingue el sentido que pueden tener las obras más allá de el lugar que ocupan en una estructura paranoica dominada por el éxito internacional. Ésa es una manera vulgar y aburrida de vivir el arte actual que tal vez cambie un poco bajo las nuevas circunstancias.
Ya no habrá tantas producciones millonarias, la mayoría nos veremos obligados a trabajar en circunstancias modestas, lo cual no es necesariamente una desventaja y definitivamente no es nuevo. Los mejores artistas mexicanos empezaron casi siempre con propuestas relativamente “pobres”, pero significativas en su contexto. Tal vez los directores de museos en México se están dando cuenta de que pueden suplir la falta de inversiones y recursos con ideas y trabajo. El secreto del juego ha sido aprender a ganar con lo que hay.
Bajo esa tónica la pregunta del millón de dólares es qué va a pasar con el nuevo museo de la UNAM, porque es una apuesta tan grandiosa que va a ser un reto siquiera mantener una programación. Aunque estoy seguro de que tanto Graciela de la Torre como Guillermo Santamarina tienen lo que se necesita para mantener el barco a flote, esperamos que se logren reunir los recursos para no dejar el proyecto a medias, lo cual sería una desgracia equiparable a la de la Megabiblioteca. Hay rumores de otros proyectos grandiosos. Yo me pregunto si hay una base de coleccionismo y un sistema de apoyo estatal lo suficientemente sólidos para patrocinar todo esto. Por otro lado, sería deseable que los ilustres arquitectos encargados de diseñar estos espacios dejen de hacer edificios que desprecian las necesidades reales de un lugar de exhibición: simplicidad, ante todo. Urge que el arte mexicano se ajuste a su realidad.
Muchos artistas del orbe darán un giro hacia un arte más meditado, menos explosivo en su utilización del espacio. No creo que continúe la tendencia de las megainstalaciones que invaden toda una sala de museo, al menos no de la misma manera. El gasto ritual ha ido cediendo terreno a una actitud que quizá podría llamarse melancólica y que es suceptible de propiciar una mayor capacidad crítica.
Quizá las nuevas circunstancias impulsen un nuevo movimiento mexicano de espacios organizados por artistas como hace quince años, aunque lo difícil no es que se formen estos espacios, sino que lleguen a distinguirse de todo lo demás que está pasando. No creo que los nuevos artistas tengan las circunstancias ni las metas que tienen los más consolidados, y esto va a ser más drástico con cada año que pase. Seguramente habrá en todos lados una redefinición del juego del arte contemporáneo, ya que todo indica que habrá un cambio importante en las valoraciones para casi todo lo demás
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