Mis primeros recuerdos de Alemania
por Pablo Soler Frost

Foto Alex Dorfsman
Que algo terrible había pasado. Luego, calendarios con aves sudamericanas firmadas por naturalistas germanos. Luego, que algo terrible había pasado en Munich. Cuadernos azules, plumas Pelikan, plumones, planas. Lederhosen (típicos pantalones bávaros). La mitad de mi grupo ya había nacido aquí; la otra mitad, en Alemania. Más de dos tercios habían estado en Alemania. Libros: Ina und Udo (dos niños; con este libro aprendí a leer, aunque mi mamá decía que aprendí a leer solo, no me acuerdo), el Kinder Gebetbuch (libro de oraciones para niños); el Meyers Kinder Lexikon (un diccionario pictográfico, muy bonito; lo consideraba un libro serio). La Primera Comunión en Santo Tomás Moro, en Cedros. La Confirmación, en la misma iglesia; ofició el arzobispo de Colonia.
Luego, el viaje. Baviera. Suburbios de empleados eléctricos. Bayas alumbradas por el sol de junio; abejorros, moscardones. Jabalíes en los bosquecillos, y grandes extensiones de tierra roturada por los grandes tanques norteamericanos, con su estrella blanca. Un canal; torres. Costumbres distintas. Meriendas. Juegos. Futbol, y más futbol; México contra Alemania en un estadio de prácticas, mi grupo y yo, con determinación ¿ganamos el partido? ¿fue un empate? No me acuerdo. Luego, la casa de Durero.
Timbres, nuevos y viejos. La familia que me hospedó me regaló, al partir, mis primeros timbres de colonias alemanas: el 7 y medio heller de lo que hoy es Tanzania y entonces se llamaba África Oriental Alemana, y el 1 marco rojo de Nueva Guinea. También la hojita de las Olimpiadas de Munich, donde algo terrible había pasado, más de una vez.
Luego, el Norte; la arena gris, el submarino-museo, los grandes barcos hanseáticos, el castillo y la bicicleta que nunca pude montar; mis tías danesas viajaron a Alemania a verme, y me llevaron a un circo donde había acróbatas mexicanos, que me firmaron mi programa y me hicieron sentir feliz.
Rumores. Algo terrible había pasado. Era mejor no hablar. Insignias, bombardeos, crímenes y persecuciones. Pocos valientes, pero los que hubo, valentísimos. Hubo una vez un país que quiso envolver en la noche y en la niebla a toda Europa. Y persiguió a su gente, y persiguió a Israel. (Hay cuatrocientos cincuenta y cinco nombres de alemanes entre los Justos de las Naciones, en el árbol de piedra de Yad Vashem; en total hay más de veinte mil justos allí inscritos.) Eso me dijeron con mi primer cigarro. Luego campos de flores y campos de trigo. El gran aeropuerto; la salida, cargado de chocolates y recuerdos, y piezas de Lego y arbolitos de plástico y coches de metal. Y el hielo flotante en el Ártico; la noche en Canadá, llegar a México. Y otra vez al colegio.
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