Arquitectura 7 Estrellas
por José Esparza
“The skylines lit up at dead of night, the air-conditioning systems cooling empty hotels in the desert, and artificial light in the middle of the day all have something both demented and admirable about them: the mindless luxury of a rich civilization.”
Astral America 1986, Jean Baudrillard
Burj Al Arab, Dubai
La radicalización de la arquitectura del confort comenzó este mismo mes, hace diez años. En diciembre de 1999 la inauguración del icónico Burj Al Arab marcó el inicio de la arquitectura siete-estrellas. Con chauffeurs en Rolls Royce y mayordomos privados, la tendencia de la arquitectura del turismo dejó a París en Las Vegas y se olvidó de los microparaísos all-inclusive del Caribe. Desde entonces, la apuesta por este nuevo modelo de turista llevó a que proyectos cada vez más extravagantes, en desiertos aún mas lejanos, comenzaran a desarrollarse, dando pie a la arquitectura siete-estrellas.
Diez años atrás, cuando la economía parecía ser invencible y la afición por lo extravagante y exclusivo comenzaba a tomar cierta dirección, los inversionistas en todo el mundo decidieron apostarlo todo a lo que ahora, claramente, vemos como absurdo: construcciones en serie de complejos turísticos high-end. Complejos que ahora se han quedado interrumpidos.
Recientemente, en Harper’s, leí una historia sobre la interrupción de la construcción de otro complejo turístico de lujo en Dubai: The Lagoons. Entre su infinidad de excentricidades el proyecto prometía un santuario de vida silvestre, y fue en junio del presente año cuando se oyó el rumor de que un grupo de flamingos, con destino final a The Lagoons, se encontraba en cuarentena en el aeropuerto internacional de Dubai. Nadie sabía qué hacer con ellos, los responsables habían desaparecido. Durante el transcurso entre el encargo y el traslado a Dubai, el proyecto se había paralizado, sin ninguna señal de que fuera a continuar en un futuro cercano. Por obvias razones el caso de Dubai es el más sonado, tras siete años de boom y un esfuerzo acelerado por desarrollar el desierto, invirtiendo en arquitectura ostentosa y lujos impensables. Ahora quedan atrás proyectos semiterminados. La suspensión de la construcción de megaproyectos es una realidad, y casos abruptos como éste empiezan a ser cada vez más evidentes.
A través de la historia hemos visto cómo la arquitectura del turismo se ha reinventado un sinfín de veces. Diez años antes del Burj Al Arab, en 1989, el hôtelier de Las Vegas Steve Wynn inauguró el Mirage, con lo que empezó la década de la hotelería temática. Las pirámides, los circos, París y Venecia, no sólo poblaron el Las Vegas Strip, sino que reproducciones similares surgieron en Macao, Malasia y otros sitios no tan lejanos. Era una arquitectura confiada en su infraestructura y sus servicios como motivo principal del viaje.
Las últimas décadas de producción arquitectónica turística no han sido nada más que espectáculo. Quedaron atrás la arquitectura cinco-estrellas y sus construcciones aisladas de la ciudad, micronaciones con arquitectura que prometía descanso y confort sin mover un dedo. Paraísos urbanos de confort rodeados de paraísos geográficos naturales. Aquel formato del viaje con guía en mano ha desaparecido y los viajes all-inclusive lo sustituyeron.
La arquitectura del turismo que ahora vivimos presenta una plataforma nueva cuyos efectos tienen un mayor impacto, independientemente de donde se ejecute, y su terminación abrupta plantea problemas evidentes, pero a la vez un sinfín de posibilidades. Claro está que el boom de la arquitectura siete-estrellas ha terminado y es hora de repensar los modelos que hasta ahora hemos seguido, modelos que se encuentran en recesión. Nos enfrentamos entonces a un momento en el que no sólo debemos replantear el significado del hotel, sino también el del turista. Viajes en los que el único contacto con la ciudad es a través de tours organizados sobre camiones rojos de doble altura, recorridos guiados donde los camiones funcionan como extensiones del hotel y el único mapa que el turista lee es el del hotel. La ciudad quedó en segundo plano.
Ciudades enteras han sido planeadas bajo esta premisa. Ciudades sin historia y ahora sin turistas. Es probable que en adelante las piñas coladas ya no vengan hacia ti, o que los grupos de yoga en playas privadas desaparezcan. En fin, quizá algo bueno salga de esto. Quizá volvamos a ver turistas que preparen sus viajes, visiten la ciudad y coman ceviche y no bolognese en Tulum.
José Esparza. Arquitecto e investigador independiente. Trabaja como curador asociado en Storefront for Art and Architecture en Nueva York.
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