Alberto Ruy Sánchez

Foto de Toni Francois
El primer recuerdo que tengo de un contacto emocionante con la literatura fue por el placer hipnótico de escuchar una historia que me pescaba con el anzuelo de su intriga pero que al mismo tiempo me envolvía con su música de las palabras como con una red que se amoldaba a mi cuerpo. Rápidamente me di cuenta de que la misma historia contada por mi padre o por mi madre o por mi abuela era una historia diferente. No sólo porque cambiaran ligeramente detalles en las anécdotas sino además y sobre todo por la música que cada persona daba al relato haciéndolo sutilmente más pícaro y sensorial, en el caso de mi padre, más nostálgico y con algo de magia cuando lo contaba mi abuela y más certero si lo decía mi madre. Y todo estaba en la voz como parte de las palabras.
En literatura no hay frases independientes de una voz. Es decir, del cuerpo que las pronuncia. Los lingüistas forjaron incluso un concepto primordial para nombrar las huellas inconfundibles del cuerpo que pueden ser encontradas en un enunciado escrito. Es el concepto de “enunciación”. Fue estudiado por un lingüista ruso en los años veinte del siglo pasado a propósito de la manera de hablar de cada uno de los personajes de Dostoievski. La música de su palabras era parte de su retrato, más profunda aún que su psicología. Luego estudió la música corporal del narrador, ese personaje central de un relato que algunos confunden con el autor.
Pero no fue un lingüista sino un practicante notable de esa música de las palabras, Gustave Flaubert, quien le diera notoriedad al concepto. Según él cada frase que se escribe debe ser leída en voz alta porque la voz interna es imaginaria y acomodaticia, y suele cantar de manera distinta a la voz que físicamente brota por la boca. Interrogado por su amada sobre su obsesivo método de trabajo Flaubert le cuenta en una carta la escena que desde entonces acompaña su nombre en la historia de la literatura: cada día o cada dos días, cuando ya tiene varias páginas escritas, sale al jardín o a un parque y camina leyéndolas en voz alta de nuevo, dejando que el ritmo constante de sus pasos, por contraste, lo ayude a sentir la más compleja composición musical que deben formar sus frases.
Los párrafos largos y complejas de Proust en La búsqueda del tiempo perdido eran comparados por él a la música vanguardista de su tiempo, sobre todo de Eric Satie y de un compositor iluminado, Alexander Scriabine. En ese gran libro, la música es protagonista en la historia de una pasión amorosa desbordante y clandestina que atraviesa todos los volúmenes de la novela y cuya profundidad no puede ser descrita sin la fuerza emocional y evocativa de “la frase de la sonata de Vinteuil.” Esa frase musical es tan importante o más que el famoso pastelito, la madeleine, que desencadena la memoria involuntaria del narrador y crea la novela. Proust, como Wagner, sostiene que hay artes de lo finito y material: la escultura, la pintura, por ejemplo; y artes de lo infinito: la música y la literatura, que nos permiten aunque sea de manera fugaz, gozar de dimensiones espirituales de la vida de una manera inesperada.
Roland Barthes, quien además de ser escritor tocaba el piano, inspirado en las canciones amorosas del romanticismo alemán, los lieder de Schubert y Schumman,
lanza el concepto de “el grano de la voz” del que escribe, marca inconfundible que permite diferenciar a la prosa creativa de los verdaderos escritores de la prosa protocolaria y notarial de los escribanos. Para él entonces, una de las cosas que definen a la buena literatura es su música. Pero no cualquier música. Mientras en la prosa hay que señalar la ausencia de música o luchar contra el desdén común hacia la música de las palabras, en la poesía, más evidentemente ligada al canto, se vuelve necesario luchar contra la música facilona y cursi, llena de eso que se llama ripios: el cascajo de relleno en forma de palabras que se ponen sin sentido en un verso para que rime a la fuerza. Mala música.
La calidad literaria de un libro va de la mano con la calidad musical de sus palabras, con su fuerza ritual más que descriptiva, con su poder sonoro como parte indisociable de su sentido.
