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Vivir a muerte


Por Diego Rabasa

Si reuniéramos todos los momentos significativos de nuestras vidas en una sucesión de imágenes, el resultado sería, muy probablemente, algo parecido a un cortometraje. Sobre todo en este modelo de vida “moderna”, pasamos buena parte de nuestro tiempo imbuidos en labores cotidianas, muchas de ellas repetitivas, que no requieren el involucramiento de nuestro ethos. Y así a muchos se les puede ir la vida sin dejar sustancia, sustento y un testimonio de su paso por el mundo. Una de las formas de medir esto tiene que ver con la respuesta a la pregunta ¿cuáles son las razones por las cuales uno está dispuesto a dar la vida? O, mejor dicho, ¿qué elementos de tu vida tienen un valor mayor al de la vida en cuanto a una función biológica y anatómica? En tiempos en los que la individualidad parece ser un náufrago en medio de una vorágine de mensajes que nos dictan cómo, con qué, dónde y con quién debemos de vivir nuestra vida, mantener estas preguntas a la mano es un ejercicio vital. Hace unos días llegó a mis manos un libro que me recordó, de golpe, todas estas interrogantes. Se trata de Vivir a muerte. La última carta de los fusilados en los campos de concentración. Como el subtítulo sugiere, se trata de una antología (¿cabe la palabra cuando hablamos de este tipo de registros?) de cartas escritas por presos en campos de concentración franceses que se trataron de rebelar contra la ocupación Nazi. Escriben a sus hijos y padres, a sus parejas y amigos.

En general no soy muy aficionado a toda la industria emanada del holocausto. Me parece que son contadas las expresiones valiosas y genuinas. Más allá de cumplir con la reglamentaria cuota de denuncia a lo atroz y lo bárbaro, el sentido de estas cartas tiene dos aristas que hacen de este libro uno de los registros de la Segunda Guerra Mundial que todavía palpitan: la primera es que brinda una perspectiva individual a un acontecimiento histórico que ha ganado su lugar en el imaginario colectivo en base a lo monstruoso de sus cifras; a menudo se nos olvida que los varios millones de muertos eran individuos, personas con vínculos, ataduras e historias particulares. La segunda es que representa una elegía, un canto a la vida desde los remansos de la muerte. Una prueba fehaciente de cómo nuestra máxima posición no es nuestra vida en tanto que permanecer vivos, sino el significado que logremos adjudicarle a ésta. Las creencias ideológicas están hoy en desuso y palabras como orgullo o heroísmo suenan tan anacrónicas como comprar un CD. La ética de la convicción que explica Max Weber en El político y el científico estalla en las páginas de este libro, la acción, la resistencia, la permanencia de la causa es lo único que tiene importancia. Aun cuando por definición los hombres que alzan su voz en estas páginas no podrán presenciar la resonancia de su propio eco, su grito será recogido por otro hombre, en otro tiempo que sabrá darle continuidad en vida a este sacrificio.
Escuchemos, como ejemplo, el sonoro testimonio de estos hombres que frente al cadalso irguieron sus voces para gritar a nombre de toda la humanidad, que un hombre es más que el cuerpo que lo contiene:

“Cuando la vida se recupere en ti, cuando su ritmo haya superado el ritmo de mi recuerdo, piensa una última vez en mí y vuélvete deliberadamente hacia el futuro.” Félicien Joly, 15 de noviembre de 1541 en carta a su esposa.

“La muerte no me impresiona nada. Sabía desde siempre que la lucha exigía sacrificios y los asumí todos sin vacilar. Vale más perder la vida que las razones de vivir.”
Robert Beck, 5 de febrero de 1943 en carta a sus hijos y amigos

“Hoy, a las 3 h, voy a ser fusilado. Sólo soy un soldado que muere por Francia. Os pido mucho coraje como lo tengo yo. Mi mano no tiembla, sé por qué muero y estoy muy orgulloso.”
Celestino Alfonso a su familia, 21 de febrero de 1944

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