Parte 2: Bruno Newman y el Museo del Objeto

TOMO-¿Cómo y cuándo nació en ti el impulso de coleccionar?¿Consideras que fue algo natural o algo inducido/motivado por alguna situación en especial?¿Qué tanto tiempo ocupa el coleccionismo en tu vida?
Bruno Newman-Yo empecé a coleccionar, un poco sin darme cuenta, muy de chico, en primaria. En la escuela tenía un amigo que coleccionaba timbres, estampillas; me entusiasmó mucho todo lo que él veía en esa colección de timbres, lo acompañaba a las embajadas para que nos regalaran los sobres de la correspondencia que llegaba de sus países o de otros lados. Luego los metíamos en agua y los veíamos flotar; después los secábamos con mucho cuidado.
Cuando lo conté en mi casa, me acuerdo que mi mamá me dijo: “por ahí anda el álbum de tu tío Beto, lo voy a buscar y te lo regalo”. Lo encontramos, pero el álbum era muy malo pues estaban pegados todos los timbres. Entonces, en alguna navidad (creo que estaba en quinto de primaria), me regalaron un álbum y una bolsita de charnelas (con lo que pegas los timbres para que no se dañen; no son pegamentos ácidos o tóxicos). Entonces comencé a coleccionar timbres. Llegamos al extremo, ya en secundaria, que regresábamos del colegio a la casa a pie, de la colonia San Rafael a la Anzures, para ahorrarnos lo del camión, que en aquel tiempo eran 30 centavos. Guardábamos la lana y en verano comprábamos timbres. Me acuerdo de haber comprado timbres de Cabo Verde, de Madagascar... de lugares que tal vez haya leído en las novelas de Salgari y que seguían siendo muy exóticos para mí. Ésa fue la primera colección que recuerdo.
De ahí en forma muy natural se fue desarrollando un espíritu de reunir cosas sin caer jamás en la cuenta de su valor. La segunda colección que tuve era de rocas; bueno, ni de rocas: de piedras. Las reunía porque tenían colores bonitos y distintos. De ahí pasé a las monedas.
Después, me casé muy joven, a los 23 años, y mis hijas nacieron cuando yo tenía 26 años. Apenas tuvieron la edad, les regalé una colección de timbres y de monedas. Jamás han coleccionado. Tuvieron una aversión natural contra un papá coleccionista. Tenemos un humor bastante negro en la familia; siempre dicen que cuando yo me muera van a hacer un garage sale: “llévese todo lo que pueda a peso”.
Coleccionar ocupa mucho tiempo de mi vida y me divierte mucho. Todos los sábados me voy de terapia. Como hay gente que va al psicólogo, al psiquiatra, a meditar, a sesiones de grupo, etcétera. Mi terapia consiste en irme todos los fines de semana a mercados de antigüedades, a mercados de pulgas. Durante muchísimos años fue la Lagunilla, luego fue la plaza del Ángel, ahora es este mercado que está aquí en Cuauhtémoc, a cinco cuadras de mi casa en la Roma. También cuando voy a cualquier ciudad; voy a los flea markets. Es una sesión semanal en que me distraigo y siempre encuentro objetos bellos.

¿Qué tipo de objetos coleccionas y qué tan amplia consideras que es tu colección? ¿Crees que el exceso (desde el punto de vista del que no colecciona) es parte de la esencia o la naturaleza del coleccionismo?
Mis hijas que me molestan, en el mejor sentido de la palabra, dicen que yo colecciono colecciones. Entonces tengo colecciones muy poco significativas de muchas cosas que se han ido formando sin planeación, soy un mal coleccionista. No tengo el orden, la disciplina que tiene Roberto Shimizu. Roberto compra un objeto, apunta a quién se lo compró, en qué fecha lo adquirió, cuánto le costó, etc. Yo nunca lo he hecho, no tengo ni idea. Sé ahora cuántos objetos hay en esta colección porque llevamos seis o siete años clasificándola y haciendo una ficha de cada uno, y eso es porque está diseñada su exhibición para que los estudiantes de diseño y de comunicación la consulten. He sido mal coleccionista por eso, pues las colecciones obedecen a mi gusto personal y me gustan los objetos que me producen nostalgia, que han caído en desuso, que conllevan un algo de humor voluntario o involuntario.
Yo creo que sí está relacionado al exceso. Racionalmente digo: tengo varios miles de objetos, para qué quiero otro más; pero he desarrollado una sensibilidad, un gusto por esto. Entonces dices: a pesar de esos miles de objetos que tengo, éste no lo tengo y éste tiene este rasgo, esta característica, y éste tiene que ver con este otro.
Es difícil decir “hasta aquí”. Hago ésta broma entre mis amigos, mis comerciantes, mis marchantes: cuando llego al mercado, dicen: “¡barco a la vista!” Y no pasa sólo que voy a comprar, sino que me traen cosas a mi casa. No me he caracterizado por coleccionar cosas valiosas, tal vez lo valioso es que sean una colección.
Hay cosas muy extrañas, muy peculiares. Recientemente en la editorial llamada La Gunilla se publicó Una gruesa de colecciones. Son doce colecciones y de cada una doy doce objetos. Me gustan mucho, por ejemplo, los maniquís; pero pues maniquís hay muchos, los puedes conseguir en el centro, pero hay algunos preciosos.
Para algunas personas el coleccionismo representa principalmente una inversión. ¿Te identificas con esta afirmación?
Nunca lo he hecho por el afán de invertir o por el afán de que coleccionar algo pueda ser una buena inversión. Siempre he oído y leído casos maravillosos del que compró algo que resultó luego ser una maravilla, me divierten mucho esas historias. Lo que mejor me ha pasado a mí en ese sentido es tan pequeño como haber comprado un cuadro de Vicente Gandí en 5 dólares en Nueva York. Vicente fue amigo mío y nunca se lo comenté. Es hasta donde yo sé la única vez que me ha pasado eso de comprar algo a un valor ciertamente inferior, pero es algo bonito, pues es de la primera época de Vicente y es una época que me gusta mucho. Entonces nunca lo he visto como un negocio; tanto así que la colección que tengo importante, que es la de asuntos de diseño y comunicación, que tiene que ver con empaques, envases, anuncios y algo de tipografía e imprenta, pues ésa está destinada a ser parte del patrimonio del Museo del Objeto del Objeto (MODO), que es una asociación civil no lucrativa. Yo voy a donar toda mi colección a esta asociación, para que toda la gente que tenga interés participe. Lo abriremos al público el próximo 23 de octubre; una vez que se abra convocaremos a gente del mundo de los negocios, del diseño, de la cultura, para ver quién se interesa en esto. Entonces no habrá nada de afán de lucro.

¿Recuerdas el momento cuando el ser coleccionista se convirtió en el placer de volverse experto en la materia?
Cuando tenía que escoger qué quería estudiar, quería diseño o arquitectura, pero sabía que no tenía las cualidades para estas profesiones. Entonces le di salida a estos gustos personales, primero involucrándome mucho con los lugares en los que yo vivía, en la construcción, restauración, diseño interior, etc. Y segundo coleccionando cosas bien diseñadas. Si yo no puedo diseñar un bonito envase o empaque, voy a coleccionar los que fueron hechos por otros. Y de ahí a la fecha sí he adquirido una expertise, una experiencia, un conocimiento. Puedo detectar una falsificación, puedo descubrir en un puesto atiborrado las dos cosas que valen mucho la pena. Educas el ojo y vas aprendiendo… pero tengo que confesar que de forma paralela no he hecho la investigación suficiente. Por ejemplo, tengo muchos empaques que fueron producidos durante la etapa del Japón ocupado. Y no me he puesto a estudiar el fenómeno que se dio en Japón durante su ocupación para ver por qué, cuándo, quién, cómo se reglamentó, se les obligó para que los empaques producidos durante esa época tuvieran esa etiqueta, etc. Y luego es muy admirable, aunque yo no lo he imitado, el coleccionista que sólo quiere un tipo de objeto en especial. Tengo un amigo que coleccionas latas de café de 1912 a 1950. Son muy disciplinados y los tienen exhibidos en casa excelentemente bien…Yo no he podido ser así. Si veo un objeto que me gusta, lo quiero para la colección. Tengo principalmente cosas de México, pero también de Francia, España, etc. Me guío por la belleza del objeto. Esa dispersión hoy es el mayor mérito de la colección. Y sí puedo decirte que, como en todo, empiezas a meterte y a saber más sobre tus objetos. Es un doble placer, pues le estás dando a un objeto un uso distinto de aquél para el que fue creado. A esa latita de perfume, de grasa de zapatos, de talco o de sopa de tomate le estás dando un uso distinto al ponerla en un museo. Encuentro un gusto infinito en eso, pues es un rescate, una dignificación, y darle un nuevo sentido a aquel objeto que era perecedero por definición. Además sirve para generar una historia del diseño.
Hemos notado que no sólo tienes una colección para ti mismo, sino que te da un enorme gusto compartirla con los demás. ¿En qué momento sucedió esto y de qué forma estás mostrándola y archivándola?
Ése es un problema grave; en la casa donde vivía mandé a hacer un espacio especial para exhibir las latas. Luego puse unas vitrinas hermosas en la entrada de la oficina. Todos estos espacios se van haciendo insuficientes; tuve que rentar una bodega, luego otra más grande. Hoy en día, tenemos objetos en cuatro bodegas distintas y otros dos cuartos llenos. En una de ellas, la mejor equipada, hay un grupo de gente ahí clasificando los objetos, tomando fotos... hay una chica excepcional, María Alós, que lleva trabajando conmigo seis años. Es artista y también ha trabajado en la biblioteca de Nueva York. Y pues hay una ficha por cada uno de los objetos, que estarán en línea para que la gente, los estudiosos de la materia, puedan consultar.
Pienso que tenemos que buscar ya una bodega definitiva, que sea más grande que la suma de todas las demás; eso es un problema, pues si quieres no sólo tenerlos para tu disfrute personal sino para compartirlas, tienes que ordenarlas, clasificarlas y documentarlas, hacer una investigación. Los espacios no los he resuelto bien y tengo que resolverlos, pues la colección misma ya me lo exige. Estoy en la fase de buscar un espacio que sea lo suficientemente generoso para descansar en él. Pero no estoy dejando de comprar, para bien o para mal.
El libro Collections of Nothing de William D. King afirma que “Construir es coleccionar, por eso los grandes coleccionistas suelen ser constructores igualmente maniacos y creativos” ¿Qué opinas?
Soy las dos cosas. Construir es coleccionar y también coleccionar es construir. Sí hay una manía en esto, un vicio y una adicción. Pero también disfruto enormemente los estímulos que recibo de esta acción. Estimula sobre todo mi creatividad. Una cosas retroalimenta a la otra.
Tengo un expediente que crece y crece que se llama “Ideas”, está llenó y surgen de estas visitas y paseos en los que busco mi colección. No tengo el afán de coleccionista avaro, que lo quiere todo para él. Disfruto enormemente las colecciones ajenas, las celebro enormemente. Yo construyo sobre mi colección y sobre la de los demás- y si algo sé es que seguiré coleccionando mientras habite este planeta.
BRUNO NEWMAN. Actualmente es director de Zimat Consultores. Por su trabajo profesional y filantrópico ha recibido diversos reconocimientos.
